Las sierras cordobesas, con sus formaciones geológicas que datan de hace 25 millones de años, son más que un simple atractivo turístico; son el ADN de la identidad de Córdoba. Sin embargo, esta identidad se encuentra bajo una presión implacable debido a la extracción de minerales que está dejando una huella irreversible en los ecosistemas locales. La minería, especialmente en regiones como el Valle de Punilla, está transformando el paisaje de manera visible y diaria, dejando sierras desnudas y marcadas por cortes grises, voladuras y derrumbes.
El modelo de extractivismo en Córdoba se centra en la roca de aplicación, como el granito, la arena y la cal, que se utilizan principalmente para la producción de cemento y asfalto en las grandes ciudades. Esta actividad, aunque vital para el desarrollo urbano, está destruyendo la capacidad natural de las sierras para regular el ciclo hídrico. Las sierras, que actúan como una gran esponja que absorbe y libera agua de manera gradual, están perdiendo esta función debido a la extracción minera. Esto ha resultado en problemas graves como inundaciones y sequías, afectando directamente a los cordobeses.
Para los residentes de zonas mineras como Sierras Chicas, Valle de Punilla y Traslasierra, el extractivismo es una invasión a su modo de vida. Las nubes de polvo en suspensión, cargadas de sílice, afectan la salud de los vecinos y la flora y fauna locales. Las voladuras no solo alteran el paisaje, sino que también sacuden las viviendas, ahuyentan a la fauna y deterioran la calidad de vida de los pobladores.
El abandono de canteras agotadas deja un paisaje desolado, un "desierto blanco" que es irrecuperable y que perpetúa el daño paisajístico. Aunque Córdoba no tiene oro ni plata, su subsuelo es valioso para corporaciones como Holcim/Minetti, que dependen de minerales como el cuarzo y el feldespato. Sin embargo, esta dependencia tiene un costo ecosistémico alto, convirtiendo a las sierras en un territorio en disputa y reduciendo el monte nativo a menos del 3% de su cobertura original.
El caso de "Los Gigantes", una mina de uranio clausurada en los años 90, es un recordatorio amargo del pasivo ambiental que la minería puede dejar. Los residuos radiactivos y químicos persisten, contaminando acuíferos y dejando una herida abierta que desafía cualquier discurso de sustentabilidad.
En zonas como Malagueño y La Calera, las cicatrices de la minería son evidentes. Las lagunas turquesas, atractivas a simple vista, son en realidad pozos mineros abandonados con alta alcalinidad. Estos lugares son un síntoma de un ecosistema roto, donde las empresas han dejado atrás escombros y una deuda social.
La minería en Córdoba también ha generado conflictos territoriales. En Villa Allende, la convivencia entre los vecinos y la empresa El Gran Ombú es tensa debido a las voladuras y el constante polvo de sílice. En Traslasierra, la minería amenaza el recurso más sagrado: el agua. Las excavaciones afectan los lechos de ríos y zonas de recarga de acuíferos, poniendo en riesgo el agua para riego y consumo.
Joaquin Deón, geógrafo y doctor en Estudios Urbano-Regionales, señala que el mito de la "baja escala" de la minería no debe subestimarse, ya que sus efectos son devastadores para el medio ambiente y la calidad de vida de las comunidades locales.





