En el corazón de las sierras de Córdoba, a 120 kilómetros de la capital provincial, la educación encuentra su expresión más pura y perseverante en la figura de Andrea, una niña de 10 años que recorre diariamente 15 kilómetros para asistir a su escuela. Este pequeño pero significativo centro educativo, el Pío Zárate, se encuentra en Buena Vista, un paraje del departamento Pocho, y tiene el privilegio y el desafío de contar con una única estudiante.

Andrea cursa el quinto grado bajo la tutela de su dedicada maestra, Fanny Correa. Juntas, han transformado las dificultades inherentes a su entorno en oportunidades de aprendizaje, destacándose por su innovador proyecto de hidroponía. Esta iniciativa, denominada "Hydro Vista, semillas del futuro", surgió como respuesta a los problemas que enfrentaban para mantener una huerta tradicional, debido a los animales de campo que destruían los cultivos.

El proyecto de hidroponía escolar, que recibió un impulso significativo con un aporte provincial de cinco millones de pesos entregado por el gobernador Martín Llaryora en diciembre de 2025, permite cultivar plantas sin tierra, utilizando agua enriquecida con nutrientes. Esta metodología no solo resuelve un problema práctico, sino que también enriquece el aprendizaje de Andrea mediante la integración de ciencias, tecnología, ingeniería, arte y matemática, siguiendo la metodología STEAM.

La historia de esta escuela es también una historia de superación de barreras geográficas. A pesar de estar ubicada a más de 1.500 metros sobre el nivel del mar y lejos de los centros urbanos, el Centro Educativo Pío Zárate ahora cuenta con internet satelital Starlink. Esta conexión, parte de un plan provincial de conectividad implementado entre 2024 y 2025, ha permitido la incorporación de herramientas digitales que amplían las posibilidades educativas más allá de las limitaciones físicas.

Fundada en 1954, la escuela comenzó a funcionar en una casa de familia antes de obtener su propio edificio tres años después. Durante décadas, fue el lugar de formación para generaciones de familias rurales. Hoy, aunque solo una alumna ocupa el aula, la escuela sigue cumpliendo su propósito esencial: brindar educación y oportunidades, sin importar cuán aislado esté el estudiante.

Cada mañana, Andrea demuestra con su esfuerzo y dedicación que el valor de una escuela no se mide por la cantidad de estudiantes, sino por la calidad de las oportunidades que ofrece. Su historia es un testimonio de la resiliencia y la capacidad de adaptación de las comunidades rurales en las sierras de Córdoba, recordándonos que la educación puede florecer incluso en los lugares más remotos.